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Leo en el Diario de un Director de Sistemas una más que interesante reflexión. Habla Rafa de cómo los usuarios de los sistemas corporativos perciben que éstos son mucho más restringidos que los que luego utilizan en su “vida personal”. Lo ejemplifica con el uso del correo, donde los usuarios tienen que ver cómo su empresa les restringe el tamaño de sus buzones a 250-500 Mb, mientras que pueden disfrutar de una capacidad prácticamente ilimitada en sus correos web personales (estilo Gmail, etc.).

Podemos fácilmente hacer un caso más general aplicado a prácticamente cualquier tecnología que el usuario pueda comparar en el entorno corporativo y en el entorno doméstico. ¿Por qué no me puedo poner el P2P en el ordenador del trabajo? ¿Por qué tengo que utilizar el móvil que me dan en la empresa en vez de utilizar el mío (que es mejor)? ¿Por qué no puedo instalarme ese software que me resulta tan útil en casa, y aquí no me autorizan? El usuario percibe que no puede ser tan eficiente como lo es en casa, porque la empresa le impone restricciones.

Evidentemente, la empresa tiene sus motivos. Motivos de seguridad (que afectan a los datos y a los equipos), motivos de riesgos legales (¿estaría la empresa cumpliendo la ley si permite que sus usuarios instalen “lo que quieran”?), motivos económicos (¿cuánto le cuesta a la empresa dimensionar, mantener y evolucionar un sistema equiparable a las opciones del usuario?), motivos de homogeneidad (¿se puede dar soporte a decenas de empleados cada uno de los cuales tiene una configuración específica, o soporte para las decenas de herramientas diferentes que cada usuario decide usar?), etc.

Pero, reconociendo esos motivos, lo cierto es que el usuario lo que percibe es una restricción (y normalmente tampoco nadie le explica el “por qué”…). Lo cual pone entre la espada y la pared a las empresas. Primero porque a día de hoy es imposible ejercer un 100% de control y, como muy bien apunta Rafa, “si no somos capaces de darlo, lo buscarán en otro sitio” con lo que al final no se logran los propósitos de la empresa (del control, la homogeneidad, limitación de riesgos, etc.). Pero aún más importante, existe el riesgo de que el usuario perciba esas restricciones como una barrera a dar lo mejor de sí mismo, que vea que la empresa más que darle las herramientas que necesita le está poniendo pequeñas zancadillas, y que, por lo tanto, se produzca un cierto nivel de desvinculación: “vale, si no puedo hacer las cosas a mi modo… pues me limito a cumplir con las políticas y los procedimientos”.

Sin duda, poner la empresa al servicio de los empleados tiene un coste. Pero no hacerlo también lo tiene.

Foto | Irayo

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