Quizás suene exagerado cuando oímos el término. Pero creo firmemente que estamos viviendo una auténtica revolución. La tecnología ha evolucionado hasta un punto de potencia y usabilidad que permite que cualquiera, sin especiales conocimientos técnicos (más allá que el de aporrear un teclado) ni necesidad de grandes desembolsos económicos, pueda crear contenido de forma sencilla, inmediata y barata… y ponerlo a disposición de una audiencia global.

¿Nos damos cuenta de lo que significa eso? Millones de personas creando contenido y volcándolo a la red. Millones de alternativas disponibles para consumir, por canales diferentes a los tradicionales. Y las redes sociales como filtro (¿qué les gusta a nuestros amigos, nuestra familia, la gente a la que respetamos?) para discriminar entre todas ellas. ¿Dónde quedan las empresas en este escenario?

Cualquiera que quiera hablar de ti, de tu empresa, de tus productos… lo va a hacer. Y tú no puedes hacer nada al respecto. El marketing y la comunicación tradicional tienen ahora un contrapeso, que cada vez va a ser mayor. Las empresas han perdido el control, y van a tener que aprender a vivir con ello.

¿Cómo vamos a llegar a hora a los consumidores? Si tienen millones de alternativas para escoger, si pueden consumir básicamente lo que les dé la gana… ¿cómo podemos hacernos un hueco en su atención, y en su tiempo? Hay que esforzarse más, mucho más. Lo menos que puede pasar, si las empresas siguen con su monólogo, es que un día se den cuenta de que no había nadie escuchándolas.

Y no, no es una cuestión de tecnología. Utilizar herramientas 2.0 no te convierte en 2.0. Es una cuestión de valores, de actitudes. Hay que comprender que el entorno está cambiando, y que hay que comportarse de forma diferente. Si nos quedamos simplemente en la tecnología, seremos como la mona que se viste de seda… que mona se queda. Y todo el mundo se dará cuenta.

Sin duda es un mundo nuevo, diferente, a veces extraño y no del todo explorado. Pero, nos guste o no, es el mundo en el que vamos a tener que vivir. Este nuevo mundo es una fuente de riesgos, pero también de oportunidades. Y para alejarse de los primeros, y aprovecharse de las segundas, merece la pena explorarlo.

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