Durante muchos años, hemos tenido que convivir con una visión del marketing basada en molestar: escuchábamos música en la radio y, cada rato, nos enchufaban unos anuncios. Veíamos una peli en la televisión, y cada rato nos la cortaban para meternos unos anuncios. Abríamos el buzón y teníamos que buscar las (pocas) cartas interesantes entre un mar de folletos publicitarios. Íbamos andando por la calle y nuestra vista se posaba en grandes cartelones. Estábamos tranquilamente en casa, y sonaba el teléfono para molestarnos. Navegábamos por internet y surgían banners, popups e intersitials por doquier. Todas estrategias comparten una misma característica: están pensadas para distraernos de lo que nosotros queremos hacer (ver una película, escuchar música, pasear tranquilamente por la calle, leer los contenidos de la web o estar tranquilos en casa) para intentar llevar nuestra atención a un producto comercial.

Lamentablemente, el mundo sigue siendo esencialmente así. ¿O no?

Alguna de las herramientas de comunicación e interacción que están surgiendo en el ámbito de la llamada “web 2.0″ incluyen, por su propia definición, unas características que permiten mantenerse a salvo de los esfuerzos de las empresas por molestarnos e interrumpirnos para lanzarnos sus mensajes comerciales.

Así, cada usuario puede mantener el control de qué contenidos quiere leer, y a qué usuarios quiere seguir… y de cuáles no quiere saber nada. Esto supone un cambio importante para las empresas, acostumbradas a que pagando podían acceder prácticamente a cualquier sitio. Pero ahora resulta que no, que hay un espacio en el que el usuario tiene el control.

Esto es algo que muchas empresas y muchas marcas todavía no han entendido. Acceden a estos nuevos “medios sociales” con la misma mentalidad con la que han ido “colonizando” los demás. Crean sus usuarios y se dedican a lanzar su parafernalia publicitaria. ¿Consecuencia? Como decía la canción, los destinatarios de esos esfuerzos “cerramos la muralla” y las marcas se encuentran lanzando sus mensajes sin que éstos lleguen a ningún sitio.

La gran diferencia, en este ecosistema, es que como usuarios, como clientes potenciales.. decidimos si dejamos a la empresa y su mensaje comercial entrar o no. Y no solo eso, sino que más le vale que no nos cansemos de ella, porque si no simplemente las volveremos a echar de nuestro círculo de atención.

La pregunta es… ¿están todas las empresas preparadas para asumir este cambio de mentalidad? ¿cómo se pasa de “comprar atención” de los clientes a base de molestarlos a una situación en la que sean ellos los que decidan voluntariamente entregarse?

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