He estado viendo esta conferencia de Joel Spolsky. Él habla de software, pero en realidad su reflexión se puede extrapolar a muchos otros campos. Habla del debate que se ha establecido en el mundo de la programación y el diseño, entre hacer las cosas “simples” (poniendo a disposición del usuario un número muy limitado de funcionalidades, y reduciendo por tanto el número de decisiones que tienen que tomar; la mayoría las toma el diseñador/programador por él), o “complejas” (dando al usuario una gran capacidad de configurar su experiencia de uso y, por lo tanto, obligándole a tomar muchas decisiones).

Los argumentos a favor de la simplicidad radican en que a las personas no nos gusta tomar decisiones, nos incomodan. Por lo tanto, cuantas menos decisiones tengamos que tomar, cuanto más fácil nos lo pongan, mejor. Pero los argumentos a favor de la complejidad están relacionados con las ventas: un usuario espera encontrar determinadas funcionalidades (aquéllas que considera necesarias para lograr sus objetivos), y si no las encuentra, no comprará. Por lo tanto, cuantas más funcionalidades se ofrezcan, más usuarios encontrarán lo que buscaban y por lo tanto estarán dispuestos a pagar por ello.

En realidad, lo que acaba concluyendo Spolsky es que el dilema “simple vs. complejo” está mal planteado. El dilema que hay que plantear es “funcionalidades adecuadas” vs. “funcionalidades inapropiadas”. No se trata de meter complejidad por meterla, y dejar al usuario que tome absolutamente todas las decisiones. Y tampoco de simplicidad por sí misma. Se trata de pensar en qué decisiones son las que un usuario-tipo va a necesitar/querer tomar por sí mismo, y cuáles le son irrelevantes; y generar un producto que le permita hacer las elecciones que sí son pertinentes, y le evite tener que decidir sobre cuestiones intrascendentes.

Por supuesto, es hilar fino. Muy fino. Pero posiblemente ahí radique la diferencia entre un diseño realmente bueno, usable y exitoso, y otro que no lo sea.

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